Un día de monotonía y rabia, mientras me encontraba sola en casa, comencé a escuchar música. Era deprimente y sanador. Entre canción y canción, empecé a recordar lo que nos habíamos dicho... Lo que te había dicho y lo que habíamos hecho. De fondo la música parecía no tener fin. Mi piel y garganta quemaban, mi cabeza retumbaba. Todo iba demasiado rápido; los latidos de mi corazón, mi respiración, mis pasos y pasos, uno tras otro. Sonaba el soundtrack de Trainspotting mientras me dirigía a la cocina para tomar una taza pensando en lo mucho que quería drogarme. De pronto me encontré frente al ventanal que da hacia el patio; la ira y euforia crecían cada vez más. Quería golpear a alguien, de verdad quería hacerlo, pero mi único alivio fue arrojar la taza contra el muro escuchando cómo todo se hacía trizas mientras el mundo se detenía, liberándome así, momentáneamente, de toda la cólera inducida por ti. Pasó la tarde y pasaron los días, y como era de esperarse: nadie extrañó la taza... Nadie se percató de la falta de su existencia, y nadie nunca preguntó por qué habían trozos de vidrio en la cerámica.
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